domingo, 13 de mayo de 2012


Los inmigrantes
MARIO VARGAS LLOSA

Unos amigos me invitaron a pasar un fin de semana en una finca de La Mancha y allí me presentaron a una pareja de peruanos que les cuidaba y limpiaba la casa. Eran muy jóvenes, de Lambayeque, y me contaron la peripecia que les permitió llegar a España. En el consulado español de Lima les negaron la visa, pero una agencia especializada en casos como el suyo les consiguió una visa para Italia (no sabían si auténtica o falsificada), que les costó 1.000 dólares. Otra agencia se encargó de ellos en Génova; los hizo cruzar la Costa Azul a escondidas y pasar los Pirineos a pie, por senderos de cabras, con un frío terrible y por la tarifa relativamente cómoda de 2.000 dólares. Llevaban unos meses en las tierras del Quijote y se iban acostumbrando a su nuevo país.Un año y medio después volví a verlos, en el mismo lugar. Estaban mucho mejor ambientados, y no sólo por el tiempo transcurrido; también, porque 11 miembros de su familia lambayecana habían seguido sus pasos y se encontraban ya también instalados en España. Todos tenían trabajo, como empleados domésticos. Esta historia me recordó otra, casi idéntica, que le escuché hace algunos años a una peruana de Nueva York, ilegal, que limpiaba la cafetería del Museo de Arte Moderno. Ella había vivido una verdadera odisea, viajando en ómnibus desde Lima hasta México y cruzando el río Grande con los espaldas mojadas, y celebraba cómo habían mejorado los tiempos, pues su madre, en vez de todo ese calvario para meterse por la puerta falsa en Estados Unidos, había entrado hacía poco por la puerta grande. Es decir, tomando el avión en Lima y desembarcando en el Kennedy Airport, con unos papeles eficientemente falsificados desde Perú.
Esas gentes, y los millones que, como ellas, desde todos los rincones del mundo donde hay hambre, desempleo, opresión y violencia cruzan clandestinamente las fronteras de los países prósperos, pacíficos y con oportunidades, violan la ley, sin duda, pero ejercitan un derecho natural y moral que ninguna norma jurídica o reglamento debería tratar de sofocar: el derecho a la vida, a la supervivencia, a escapar a la condición infernal a que los Gobiernos bárbaros enquistados en medio planeta condenan a sus pueblos. Si las consideraciones éticas tuvieran el menor efecto persuasivo, esas mujeres y hombres heroicos que cruzan el estrecho de Gibraltar o los cayos de la Florida o las barreras electrificadas de Tijuana o los muelles de Marsella en busca de trabajo, libertad y futuro, deberían ser recibidos con los brazos abiertos. Pero, como los argumentos que apelan a la solidaridad humana no conmueven a nadie, tal vez resulte más eficaz este otro, práctico. Mejor aceptar la inmigración, aunque sea a regañadientes, porque bienvenida o malvenida, como muestran los dos ejemplos con que comencé este artículo, a ella no hay manera de pararla.
Si no me lo creen, pregúntenselo al país más poderoso de la Tierra. Que Estados Unidos les cuente cuánto lleva gastado tratando de cerrarles las puertas de la dorada California y el ardiente Tejas a los mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, etcétera, y las costas color esmeralda de la Florida a los cubanos y haitianos y colombianos y peruanos y cómo éstos entran a raudales, cada día más, burlando alegremente todas las patrullas terrestres, marítimas, aéreas, pasando por debajo o por encima de las computarizadas alambradas construidas a precio de oro y, además, y sobre todo, ante las narices de los superentrenados oficiales de inmigración, gracias a una infraestructura industrial creada para burlar todos esos cernideros inútiles levantados por ese miedo pánico al inmigrante, convertido en los últimos años en el mundo occidental en el chivo expiatorio de todas las calamidades.
Las políticas antiinmigrantes están condenadas a fracasar porque nunca atajarán a éstos, pero, en cambio, tienen el efecto perverso de socavar las instituciones democráticas del país que las aplica y de dar una apariencia de legitimidad a la xenofobia y al racismo y de abrirle las puertas de la ciudad al autoritarismo. Un partido fascista como Le Front National, de Le Pen, en Francia, erigido exclusivamente a base de la demonización del inmigrante, que era hace unos años una excrecencia insignificante de la democracia, es hoy una fuerza política respetableque controla casi un quinto del electorado. Y en España hemos visto, no hace mucho, el espectáculo bochornoso de unos pobres africanos ilegales a los que la policía narcotizó para poder expulsar sin que hicieran mucho lío. Se comienza así y se puede terminar con las famosas cacerías de forasteros perniciosos que jalonan la historia universal de la infamia, como los exterminios de armenios en Turquía, de haitianos en la República Dominicana o de judíos en Alemania.
Los inmigrantes no pueden ser atajados con medidas policiales por una razón muy simple: porque en los países a los que ellos acuden hay incentivos más poderosos que los obstáculos que tratan de disuadirlos de venir. En otras palabras, porque hay allí trabajo para ellos. Si no lo hubiera, no irían, porque los inmigrantes son gentes desvalidas pero no estúpidas, y no escapan del hambre, a costa de infinitas penalidades, para ir a morirse de inanición al extranjero. Vienen, como mis compatriotas de Lambayeque avecindados en La Mancha, porque hay allí empleos que ningún español (léase norteamericano, francés, inglés, etcétera) acepta ya hacer por la paga y las condiciones que ellos sí aceptan, exactamente como ocurría con los cientos de miles de españoles que en los años sesenta invadieron Alemania, Francia, Suiza, los Países Bajos, aportando una energía y unos brazos que fueron valiosísimos para el formidable despegue industrial de esos países en aquellos años (y de la propia España, por el flujo de divisas que ello le significó).
Esta es la primera ley de la inmigración, que ha quedado borrada por la demonología imperante: el inmigrante no quita trabajo, lo crea y es siempre un factor de progreso, nunca de atraso. El historiador J. P. Taylor explicaba que la revolución industrial que hizo la grandeza de Inglaterra no hubiera sido posible si el Reino Unido no hubiera sido entonces un país sin fronteras, donde podía radicarse el que quisiera -con el único requisito de cumplir la ley-, meter o sacar su dinero, abrir o cerrar empresas y contratar empleados o emplearse. El prodigioso desarrollo de Estados Unidos en el siglo XIX, de Argentina, de Canadá, de Venezuela en los años treinta y cuarenta, coinciden con políticas de puertas abiertas a la inmigración. Y eso lo recordaba Steve Forbes en las primarias de la candidatura a la presidencia del Partido Republicano, atreviéndose a proponer en su programa restablecer la apertura pura y simple de las fronteras que practicó Estados Unidos en los mejores momentos de su historia. El senador Jack Kemp, que tuvo la valentía de apoyar esta propuesta de la más pura cepa liberal, es ahora candidato a la vicepresidencia con el senador Dole, y si es coherente debería defenderla en la campaña por la conquista de la Casa Blanca.
¿No hay entonces manera alguna de restringir o poner coto a la marea migratoria que, desde todos los rincones del Tercer Mundo, rompe contra el mundo desarrollado? A menos de exterminar con bombas atómicas a las cuatro quintas partes del planeta que viven en la miseria, no hay ninguna. Es totalmente inútil gastarse la plata de los maltratados contribuyentes diseñando programas, cada vez más costosos, para impermeabilizar las fronteras, porque no hay un solo caso exitoso que pruebe la eficacia de esta política represiva. Y, en cambio, hay cien que prueban que las fonteras se convierten en coladeras cuando la sociedad que pretenden proteger imanta a los desheredados de la vecindad. La inmigración se reducirá cuando los países que la atraen dejen de ser atractivos porque están en crisis o saturados o cuando los países que la generan ofrezcan trabajo y oportunidades de mejora a sus ciudadanos. Los gallegos se quedan hoy en Galicia y los murcianos en Murcia, porque, a diferencia de lo que ocurría hace cuarenta o cincuenta años, en Galicia y en Murcia pueden vivir decentemente y ofrecer un futuro mejor a sus hijos que rompiéndose los lomos en la pampa argentina o recogiendo uvas en el mediodía francés. Lo mismo les pasa a los irlandeses y por eso ya no emigran con la ilusión de llegar a ser policías en Manhattan y los italianos se quedan en Italia porque allí viven mejor que amasando pizzas en Chicago.
Hay almas piadosas que, para morigerar la inmigración, proponen a los Gobiernos de los países modernos una generosa política de ayuda económica al Tercer Mundo. Esto, en principio, parece muy altruista. La verdad es que si la ayuda se entiende como ayuda a los gobiernos del Tercer Mundo, esta política sólo sirve para agravar el problema en vez de resolverlo de raíz. Porque la ayuda que llega a gánsteres como el Mobutu del Zaire o la satrapía militar de Nigeria o a cualquiera de las otras dictaduras africanas sólo sirve para inflar aún más las cuentas bancarias privadas que aquellos déspotas tienen en Suiza, es decir, para acrecentar la corrupción, sin que ella beneficie en lo más mínimo a las víctimas. Si ayuda hay, ella debe ser cuidadosamente canalizada hacia el sector privado y sometida a vigilancia en todas sus instancias para que cumpla con la finalidad prevista, que es crear empleo y desarrollar los recursos, lejos de la gangrena estatal.
En realidad, la ayuda más efectiva que los países democráticos modernos pueden prestar a los países pobres es abrirles las fronteras comerciales, recibir sus productos, estimular los intercambios y una enérgica política de incentivos y sanciones para lograr su democratización, ya que, al igual que en América Latina, el despotismo y el autoritarismo políticos son el mayor obstáculo que enfrenta hoy el continente africano para revertir ese destino de empobrecimiento sistemático que es el suyo desde la descolonización.
Éste puede parecer un artículo muy pesimista a quienes creen que la inmigración -sobre todo la negra, mulata, amarilla o cobriza- augura un incierto porvenir a las democracias occidentales. No lo es para quien, como yo, está convencido que la inmigración de cualquier color y sabor es una inyección de vida, energía y cultura y que los países deberían recibirla como una bendición.


PERIODISMO ESPECIALIZADO



La Real Academia Española, define especialidad como la rama de una ciencia, arte o actividad, cuyo objeto es una parte limitada de las mismas y sobre el cual poseen saberes o habilidades muy precisos quienes lo cultivan, a quienes se denomina especialistas.
De esta definición se deduce que la característica más importante de la especialidad es que exige exactitud, rigor y precisión.

Periodismo especializado: una rama del periodismo que es practicada por periodistas especialistas, que tienen unos conocimientos o habilidades muy precisos en esa rama.

Desde el nacimiento de este concepto de periodismo especializado, se han dado muchas definiciones, entre las cuales destacan: 

Javier Fernández del Moral: aquella estructura informativa que penetra y analiza la realidad a través de las distintas especialidades del saber, la coloca en un contexto   amplio que favorezca una visión global al destinatario y elabora un mensaje periodístico que acomoda el código al nivel de cada audiencia atendiendo a sus intereses y necesidades.


“Estructura informativa que analiza la realidad de un área determinada de la actualidad a través de las distintas especialidades del saber, profundiza en sus motivaciones, la coloca en un contexto amplío que ofrezca una visión global al destinatario y elabora un mensaje periodístico que acomode el código al nivel propio de la audiencia atendiendo a sus intereses y necesidades” (Fernández del Moral)

sábado, 17 de marzo de 2012


PERIODISMO Y REALIDAD

Hoy en día estamos viviendo en la era digital, puesto que la mayor parte de la población tiene acceso a las nuevas tecnologías. Esto permite que las personas puedan estar informadas de lo que sucede alrededor del mundo, sin embargo esto no quiere decir que la información que reciben sea del todo cierta.
He aquí donde se pone en tela de juicio el trabajo del periodista, pero que es lo que requiere el trabajo periodístico, primero que nada daremos una pequeña definición, “El periodismo es la actividad de hacer pública de manera periódica cierta información de diverso tipo y tenor”.
Como bien lo dice la definición el trabajo periodístico demanda dar a conocer información a la sociedad, la cual se convierte en noticia. Está es trasmitida a través de los medios masivos de comunicación, los cuales se encargan de difundirla. No obstante no olvidemos que las noticias también son trasmitidas por los medios digitales. Estos medios periodísticos prometen “agotar” las cuestiones sobres las que informan, llegar a la raíz, rascar hasta la mera medula del hueso e ir mas allá. Pero siempre quedan hilos sueltos, cosas que se desconocen, asuntos que le periodista no averiguo o simplemente guardo en cajón. 
Es aquí donde el periodista se enfrenta con la realidad y dejar de lado su ética profesional, sin embargo su trabajo sigue siendo investigar, procesar y jerarquizar la información que obtiene, puesto que asume un compromiso con la sociedad de comunicar de manera veraz y objetiva.
Es por ello que el mayor dilema para los periodistas, las empresas en las que se desempeñan y sus fuentes ha sido hasta dónde les conviene informar u ocultar. Quizás convendría que se preguntaran a sí mismos por qué ocultan o difunden determinadas informaciones. Las posibles soluciones a esta cuestión se han manifestado, por lo general, en sobreentendidos.
La irrenunciable aspiración a la información plena no deja de ser una utopía. Por más que los periodistas proclamen lo contrario, el ocultamiento determina su tarea tanto como la difusión. El periodista oculta parar informar mejor, aunque parezca una contradicción. Las fuentes y las empresas periodísticas también practican ocultamientos. Este hecho no es malo ni bueno: simplemente, es. Forma parte de la naturaleza humana, del enfrentamiento de intereses que existe en toda sociedad.
Las cosas suceden. Lo único que puede hacer un periodista al respecto no es poco: ejercer ciertas facetas del derecho de la sociedad al libre acceso a la información a partir de la "producción" de parte de "la realidad" que ella consume, esa parte denominada con vaguedad como "lo público".
Aunque en un régimen democrático a cabalidad, cualquiera, y no sólo un periodista, podría hacerlo: la ley, al menos en teoría, lo ampara. Según el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por las Naciones Unidas en 1948, "todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; ese derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión".


miércoles, 14 de marzo de 2012



 DEFINICIÓN DE PERIODISMO 


Se conoce como periodismo a la actividad de hacer pública de manera periódica cierta información de diverso tipo y tenor. Esa información siempre tiene como característica principal ser actual y renovarse momento a momento, por lo cual el nombre de la actividad proviene justamente de esa cualidad de constante renovación. El periodismo es hoy en día uno de los elementos más importantes de los medios de comunicación ya que son los periodistas quienes investigan, publican y comentan sobre diferentes hechos que tienen que ver con fenómenos económicos, políticos, culturales o deportivo.

Se considera que, como tal, el periodismo existió desde siempre en las sociedades humanas ya que el hombre siempre contó con la necesidad de transmitir información importante y de mantenerse al tanto de diversos hechos o sucesos. Mientras que en la Modernidad el periodismo empezó a ganar importancia a través de la impresión y publicación de gacetas breves, no sería hasta el siglo XIX y especialmente hasta el siglo XX que el periodismo no se volvería en una de las partes centrales de toda sociedad gracias a la enorme difusión que medios masivos como los periódicos, la radio o la televisión lograron.

El trabajo de un periodista puede ser muy amplio. Podría decirse que un periodista debe saber cómo plantear una noticia, cómo buscar la información apropiada para hacerlo y también saber distinguir las fuentes fiables de las que no lo son. Además, un buen periodista debe encontrar el modo más accesible y atractivo de comunicar la información recolectada, a modo de que la misma llegue a mayor cantidad de personas. Aquí es de gran importancia el uso de un lenguaje correcto pero accesible e informal en mayor o menor medida dependiendo del caso. Algunos de los elementos que hacen que los hechos sean tenidos en cuenta por los periodistas para ser publicados son la relevancia de los mismos, a quiénes afectan o quiénes se ven implicados, la actualidad de los mismos, la proximidad o cercanía del público con esos sucesos, etc.